Estados Unidos y una propuesta de paz con «muletas»

Así lo reseñamos en el 2011 y la realidad de hoy.

Las recientes declaraciones en la esfera política estadounidense parecen ser un presagio de lo que la ONU deberá abordar en relación al reconocimiento del Estado palestino. Esta es una meta que Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), ha buscado con ahínco a través de una intensa agenda diplomática internacional.

Sin embargo, es difícil abordar esta cuestión sin un conocimiento profundo, tanto jurídico como histórico. Los cuestionamientos del gobierno israelí ante un reconocimiento basado en las líneas previas a 1967 —como sugirió en su momento la administración Obama— son, desde mi perspectiva, legítimos y necesarios de analizar bajo un diagnóstico realista.

El mito de la «usurpación» y la realidad de 1948

Es inaceptable para Israel la percepción —errónea e injusta— que ha adoptado cierta parte de la diplomacia europea, condescendiente con la narrativa palestina, que afirma que Israel ha «robado» o «usurpado» las tierras que ocupa. Esta falacia es, precisamente, uno de los principales obstáculos que alejan a las partes de un acuerdo de paz duradero.

Es fundamental no perder de vista que las líneas de 1967 separaban al Estado de Israel (que sí acató la resolución de la ONU del 29 de noviembre de 1947) de los estados árabes: Jordania, que reinaba sobre Cisjordania, y Egipto, que controlaba la Franja de Gaza. La gestión palestina actual parece construida sobre el objetivo premeditado de hacer olvidar que la guerra de 1948 estalló porque los estados árabes se negaron a aceptar la partición y, tan pronto como Israel declaró su independencia, se lanzaron a su destrucción.

Las líneas de 1967 no eran fronteras, sino el producto del armisticio de 1949. Fue por instancia de Jordania que no se convirtieron en fronteras internacionales reconocidas, quedando solo como líneas de separación de ejércitos. El mismo Acuerdo de Armisticio declaraba: «Ninguna disposición del presente Acuerdo se entenderá sin perjuicio alguno a los derechos, demandas y posiciones de cualquiera de las partes… las disposiciones están dictadas exclusivamente por consideraciones de orden militar».

La Resolución 242 y el concepto de «fronteras seguras»

Tras la Guerra de los Seis Días, donde los ejércitos árabes intentaron nuevamente destruir al Estado judío, Israel capturó Cisjordania y Gaza. La posterior Resolución 242 de las Naciones Unidas estableció la definición de «paz dentro de fronteras seguras y reconocidas».

Es vital subrayar que dicha resolución nunca señaló que las fronteras debían ser exactamente las del armisticio. De hecho, sus redactores fueron claros: el representante británico, Lord Caradon, manifestó que habría sido un error exigir que Israel volviera a las posiciones del 4 de junio de 1967, calificándolas de «imposibles y artificiales». Incluso el delegado soviético, Vasily Kuznetsov, admitió que la resolución otorgaba a Israel el derecho a retirar sus fuerzas únicamente a las líneas que considerase apropiadas.

Tres puntos críticos para el análisis

De lo anterior se derivan tres errores fundamentales en la exigencia actual hacia Israel:

  1. Inexistencia jurídica de «territorios ocupados»: Nunca existió un Estado palestino previo a 1967. Al rehusarse a la partición de 1947 y elegir el camino de la guerra, los territorios en cuestión quedaron, en el mejor de los casos, como territorios «en disputa».
  2. La naturaleza de la seguridad: Las «fronteras seguras» deben considerarse en función de quien obedeció la resolución de partición y no de quienes la violentaron.
  3. El factor Hamas: La reciente asociación de la ANP con el grupo terrorista Hamas —quienes, en sintonía con Irán, no esconden su propósito de destruir a Israel— invalida cualquier pretensión de convivencia pacífica inmediata.

Conclusión

Año tras año, Israel ha defendido a sus ciudadanos del terrorismo mientras trabaja por fórmulas de coexistencia. Sin embargo, la estrategia de los dirigentes palestinos parece buscar la existencia de un Estado propio en lugar de Israel, y no junto a él. Resulta sorprendente que la diplomacia estadounidense olvide este «pequeño detalle», convirtiendo su propuesta de paz en una «muleta» débil e incapaz de sostener un proceso real y duradero.

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